
La banda tiene listo un álbum doble, retorcido y desolado, que presentarán en vivo en Argentina pocos meses después de su lanzamiento
Hace un par de años, antes de que Metallica empezara a trabajar en un disco nuevo, al baterista Lars Ulrich le pasaron un iPod con 1.650 archivos de audio, entre los que había zapadas en el estudio, pruebas de sonido, precalentamientos en el camarín y riffs aleatorios que la banda había generado desde su último disco, Death Magnetic, de 2008. «Grabamos todo lo que hacemos», dice Ulrich. «Así que empecé a escuchar el iPod y a ponerles ticks a las cosas que sobresalían. Era como: ‘Wow, el archivo 723 suena realmente bien’.»
Metallica grabó el disco en HQ, su sede central en San Rafael, California. El trabajo empezaba, casi todos los días, a las 9 de la mañana, después de que Ulrich y Hetfield llevaran a sus hijos a la escuela, y se extendía hasta las 3 de la tarde, cuando se hacía la hora de pasar a buscarlos. La banda trabajó lentamente, con una pausa para un disco en colaboración con Lou Reed, más una película sobre un concierto, Metallica: Through the Never, y recitales frecuentes alrededor del mundo. «Volvíamos de las giras totalmente inspirados y energizados», dice Ulrich. «Y llevábamos esa energía al estudio. Este álbum es probablemente más punky y menos progresivo que el anterior.»
Metallica, que editará el disco por su propio sello, Blackened, no hace una gira por estadios techados en Estados Unidos desde 2009. Eso va a cambiar a principios de 2017, cuando lleven Hardwired. por todo el país. «Yo armo la lista de temas, y me voy a asegurar de poner muchas canciones nuevas», dice Ulrich. «Nos morimos de ganas de tocarlas.» Los miembros de Metallica tienen más de 50 años, pero bajar un cambio no parece estar en sus planes. «La única pregunta es si nuestros cuerpos van a aguantar», dice Ulrich. «Porque, mentalmente, podríamos hacer esto durante 100 años más.»
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