
Con entradas agotadas y reventa a precio triplicado, la telonera de Coldplay tuvo su sideshow
Ayer por la noche, Buenos Aires recibió a Dua Lipa con un sold out absoluto, una reventa a precio triplicado y una horda de corazones rotos del lado de afuera de la puerta de Vorterix, intentando escuchar algo del show. Hubo padres en vilo por los empujones en la espera y una efervescencia digna de la maquinaria de Cris Morena que se expresó en el modo en que sus fans cantaron los hits de Lady Gaga y Katy Perry que sonaron antes del show. De alguna forma, la elección de esos hits adelantó la definición completa de la propuesta en vivo de Dua Lipa: un juego totalmente seguro.
La nueva joya del pop británico parece hacerlo todo bien. Canta bien, suena bien y se mueve exactamente como todas las chicas quieren moverse, usando el tipo de ropa que todas las chicas quieren usar («para salir»). Su mismísima administración de la sexualidad en escena no incurre, como nada en su propuesta, en absolutamente ningún exceso, pero tampoco en ninguna falta. Todo en ella es perfectamente apto para padres acompañantes y llega a ser absolutamente encantador, como cuando manifiesta su constante preocupación porque todos estén disfrutando del show. En consecuencia, no parece haber demasiado margen para la sorpresa.
Paradójicamente, esto imposibilita cualquier filtración de ese «algo extra» que promete el aura de alternatividad que se asocia al nombre de la cantante. Aun así, cabe decir que en su primer encuentro con Buenos Aires, Dua Lipa no parece haber decepcionado a casi nadie.
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