
El sábado, el grupo de Ozzy Osbourne se presentó por última vez en Buenos Aires y cerró el paso por Argentina de la gira The End
2016 lo terminó de hacer evidente: la historia se nos muere en la cara. Los personajes que construyeron el mundo en el que crecimos dejan de hacer lo que hacían, desaparecen del ojo público o directamente pasan a otro plano de la existencia. Los héroes del siglo XX se están convirtiendo uno a uno en recuerdos, y en ese contexto, un hecho de por sí emocionante como un concierto de Black Sabbath se vuelve un hito. La banda que sentó las bases de la música pesada tocó -dicen- por última vez en Buenos Aires en el marco de su gira The End y generó, por todo eso, una sensación dual: la de estar frente a un monumento que, con todo, le escapa al bronce con una juventud abrumadora.
Mientras, Tony Iommi provoca. Sus riffs roen, intimidan. Su nivel de intensidad es tal que no necesita exhibiciones de destreza: cada nota toca una cuerda sensible, nada está de más, no hay faroleo ni pirotecnia. La juventud grupal de la que hablábamos sale, en buena parte, de esa guitarra capaz de disparar un fraseo como el de «Behind the Wall of Sleep» con la misma urgencia que en 1970. Su sensibilidad de clase trabajadora es la fuente de toda pesadez en Black Sabbath, mientras que el esoterismo y la inquietud de Geezer Butler son la vidriera y el motor. El baterista Tommy Clufetos, en tanto, sube la vara de la energía colectiva (en «Rat Salad» tuvo su momento bajo las luces con un solo maratónico muy celebrado). También es parte del equipo Adam Wakeman, tecladista como su padre.
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