
Chica del interior muta en emergente hard-rock
Marilina Bertoldi ya no tiene ganas de responder qué se siente ser mujer en el rock. Prefiere hacer. Las huellas están desparramadas por el living de su dos ambientes de Belgrano: un bajo, un pad de batería, dos guitarras y un teclado que ocupa la mitad de la mesa. En su escritorio, la pantalla de su Mac muestra un slideshow de tapas de discos, de Radiohead a Led Zeppelin, sin escalas. Ahí mismo compuso las líneas de todos los instrumentos de su nuevo álbum, Sexo con modelos, que presentó en agosto ante un Vorterix lleno.
De hecho, está cada vez más inquieta. Experimentar con el Pro Tools y el GarageBand la hizo fantasear con ser productora, pero desconfía un poco: «Es muy complejo, no sé si lo podría hacer, aunque me encantaría». Sin embargo, hace producción vocal y se apasiona con el proceso: «Para sacar lo mejor del cantante armamos las líneas de la voz en conjunto antes de grabar el disco, está buenísimo».
Algo de ese cambio de perspectiva también está en cómo encara su búsqueda de un lugar en el rock. «Antes estaba obsesionada por ser el mejor músico que podía ser, era mi objetivo de vida», confiesa. «Ya no. No quiero condicionarme a que mis ingresos sean por shows, a tener que hacer una gira porque no llego a fin de mes. No. Prefiero ponerme un barcito, levantarme todas las mañanas y prender la máquina de café.»
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